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Tatuajes, o el preciso arte de pintar sobre la piel

Tatuajes, o el preciso arte de pintar sobre la piel
marzo 05
08:20 2019

Durante la mañana del lunes, en una de las tantas paradas del sistema de transporte masivo y público de la ciudad, una mujer de estatura promedio y cola de caballo tiene tatuada la palabra ‘fuerza’ en la nuca. Dos pasos detrás, una estudiante universitaria, de abrigo azul y jean de vastas remangadas, tiene un símbolo infinito grabado en la parte exterior de su pie izquierdo. Junto a ella, un hombre de edad media, desaliñado, con camiseta manga corta y pantalón de tela, lleva impreso en el antebrazo el dibujo ya desgastado del escudo de un equipo de fútbol local, Barcelona. Al abrirse la puerta de embarque, dentro del lugar, apretado y al final, otro hombre que teclea en su celular con dedos rápidos gira su mano y la palabra ‘Jasmine’ más una fecha dibujada sobre el lado exterior de la mano se dejan ver con claridad. Los tatuajes ya no son más el símbolo de rebelión y subcultura que alguna vez fueron.

Hoy cada vez son más las personas interesadas en hacerlo. Gracias a las redes sociales, algunos artistas de esta profesión han alcanzado fama internacional, como el estadounidense Nikko Hurtado, quien tiene cerca de un millón de seguidores en Instagram. Incluso centros de tatuado locales, como Love Tattoo, en Guayaquil, traspasan los 60 mil seguidores.

Grabarse sobre la piel, ahora, es tan cotidiano como asistir a un concierto de pop. Aunque algunos expertos en esta disciplina opinen que lo subversivo aún recae en el simple hecho de atreverse a hacerlo, como Piero Barrera, un artista local que lleva cinco años de su vida tatuando profesionalmente. “Tener un ‘tattoo’ sigue siendo un acto de rebeldía, al menos en nuestra sociedad”, dice, a la vez que concuerda con que es, también, tan artístico como un museo lleno de obras barrocas, del medioevo o religiosas.

A lo largo de la década pasada, el tatuaje, que localmente puede costar entre 60 y 500 dólares, ha evolucionado desde las ilustraciones prediseñadas a forma de catálogo hasta obras personalizadas de una sola pieza y alto nivel conceptual. Como el cuadro ‘La Gioconda’, ilustraciones de finos acabados o la recreación mimética de un paisaje y que pueden tardar de 20 a 30 horas en completarse. Tiempo de sobra, incluso, para establecer relaciones interpersonales entre clientes y tatuadores. “Es una expresión de la identidad de la persona y no solo una marca, como anteriormente hacían los de la cárcel o las pandillas”, expresa Lesheer, artista guayaquileño. “Por ejemplo, a mí acuden familias enteras. Algunos eligen la fotografía de un lugar y otros, el juguete de una persona especial. Hay mucho sentimentalismo de por medio”.

Pero una vez que el tatuador termina, aquel arte cruza la puerta de forma permanente, un hecho que se diferencia de la tendencia del mundo por definiciónde las bellas artes, donde se asocia una obra con el autor, no con el dueño. Situación que se asemeja al sistema de patrocinio en la época del Renacimiento. “En la era de Miguel Ángel Leonardo nació el culto al genio, y los artistas pasaron de ser considerados artesanos técnicos a virtuosos”, recuerda Armando Busquets, docente de Historia del Arte en la Universidad Casa Grande. “Algo similar pasa con la evolución de estos dibujos y su aceptación bastante generalizada”.

‘Museos andantes’

Michael Kimmelman, crítico del New York Times, argumentó en 1995 que los tatuajes eran más interesantes para el mundo del arte debido a la extrañeza que despertaba su presencia. “Si miras a través de la historia, siempre hay una expresión que está emergiendo y que no es tan aceptada”, sostiene Busquets. Un ejemplo es la obra ‘La fuente’, de Marcel Duchamp, que fue rechazada como pieza artística por la Junta de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York en 1917; obra considerada ahora como un hito importante del arte (y su evolución) del siglo XX.

Pero más allá de cuestionar si los tatuajes son dignos de un museo o no, hay una consideración más práctica. Simplemente no son objetos que se pueden colocar en una caja de vidrio o dentro de un marco.

Algunos artistas, como Horiyoshi III, maestro japonés y especialista en horishis (tatuajes tradicionales nipones), creen que los dibujos solo pueden cobrar vida en la piel. “Por eso nunca muestro mis diseños como se hace en las galerías”, comentó en una entrevista al Japan Times en 2007.

“No están limitados a permanecer en un solo lugar”, dice Lesheer. Y recordando a todos los que ha tatuado en su vida, agrega que para él eso no importa, que es lo de menos, porque “las personas son como museos andantes”.

Tomado de Expreso.

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