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octubre 20
16:55 2013
Enrique Ipiña

Enrique Ipiña

Ese fue – Aquí – el famoso semanario que Luis Espinal ayudó a fundar y dirigió hasta que los enemigos de la libertad lo asesinaron. Espinal vino de lejos, de su España natal; y vino a Bolivia para quedarse como un boliviano más, uno que venía de la vieja y cómoda Europa para identificarse voluntariamente con su nuevo país. Aquí se encontró con una realidad que proclamaba a gritos sus problemas y que no encontraba soluciones. Trabajó entonces como sacerdote y como periodista; y ayudó y defendió a los hombres y a las mujeres de aquí. Y terminó entregando su vida por la verdad y por la justicia, aquí. Es decir en La Paz, en Bolivia, en nuestro país.

Aquí. Esta palabrita tan corta, compuesta por sólo dos sílabas y cuatro letras, es una de las más importantes de nuestro lenguaje, porque expresa el lugar de todas nuestras acciones y realizaciones en su preciso punto de partida. Y es que se refiere al mundo en el que vivimos, existimos, somos y estamos. Vivimos aquí. Lo que significa que si no fuera por este aquí, tal vez no viviríamos; porque no podemos vivir fuera de lugar. Me dirás que podrías vivir allí; de acuerdo. Pero entonces ese allí sería el aquí para ti.

Tal vez por eso Espinal y sus compañeros escogieron este adverbio de lugar como el nombre para su semanario, para su trinchera de lucha. Había que ubicar, localizar, definir muy bien el ámbito en el que ellos sabían que tenían un deber que cumplir; que tenían que enfrentar un gran desafío sin medir los riesgos ni las consecuencias. Todos deberíamos hacer lo mismo, todos deberíamos saber muy bien dónde estamos realmente cuando hacemos algo, aunque a momentos sólo fuera descansar o esperar, o “hacer hora”.

Este llamado a que seamos conscientes de nuestro lugar de vida en el mundo no es superfluo o inútil. Porque es frecuente que nos sintamos “desubicados”; es decir, fuera de lugar. La omnipresencia de la televisión y el internet han logrado que nuestra generación pueda presenciar todo lo que acontece a lo largo y ancho del mundo como si estuviera simultáneamente en todas partes; porque todo nos llega en el mismo instante con la velocidad de la luz.

Tal vez sea por eso que se ha hecho más fácil vivir con la cabeza puesta en el tráfago de la calles de Sâo Paulo, o en el atrayente paisaje urbano de Madrid o Buenos Aires, ciudades y países a los que no pocos terminan por emigrar, huyendo de este lugar encaramado en los altos Andes. Pero no están, no se ubican, en la realidad cotidiana que acontece aquí: en La Paz, en Bolivia, en nuestro lugar, en nuestra localidad; tal vez porque han perdido la esperanza de lograr aquí una vida mejor para ellos y para sus hijos. Pero así no ayudan bastante; ni son parte de la solución sino de los problemas que dejaron y que no siempre se solucionan enviando platita.

Todos tenemos que ser parte de la solución. Para ello hay que abrir los ojos y escuchar atentamente. Aquí pasan muchas cosas; no siempre gratas. Los bolivianos tenemos muchos problemas que demandan ser atentamente observados, examinados, analizados y solucionados. Y cada uno de nosotros tiene la obligación de hacer algo para eso, sin esperar que sean otros los que lo hagan, librándonos nosotros de nuestra obligación.

Los paceños no hemos dado respuesta cabal, todavía, a las necesidades básicas de nuestra población: como el transporte, el servicio de agua potable para todos, el saneamiento, la vivienda, la educación y la salud. En suma, no hemos logrado eliminar la pobreza que se evidencia en todos esos problemas irresueltos o mal solucionados.

Aquí pasan muchas cosas que no quisiéramos que pasaran en ninguna parte: secuestros, asesinatos, robos y asaltos, violaciones salvajes. Cosas que antes no sucedían con la frecuencia o con la gravedad que ahora revisten, como si cobraran más fuerza y peligrosidad a medida que disponemos de más recursos económicos y tecnológicos. Son amenazas a las que no estamos enfrentando de manera tal que sean conjuradas y alejadas de nuestra vida cotidiana.

Claro, es muy natural que hastiados de tanto problema, procuremos evadirnos de la realidad hacia el mundo lejano donde pareciera que no hay problemas, allá lejos, disfrutando de unas eternas vacaciones o cambiando de lugar de vida. Es comprensible, pero…

Con todo respeto al derecho que todos tenemos de ser felices y de llevar una vida digna y decente, debemos recordar que ni la libertad ni el bienestar se heredan. Que cada generación tiene que luchar por asegurar y disfrutar de esos bienes gracias a su propio esfuerzo; es decir, gracias al trabajo y al sacrificio que tenemos que desempeñar en nuestra ciudad, en nuestro país. Por eso la juventud que no conoció las dictaduras ni la carencia de la marraqueta, debe hacerse consciente de la necesidad de prepararse para que la libertad no sea violada sino consagrada y respetada efectivamente. Y para que el pan llegue efectivamente a todas las mesas. Aquí; y no en otra parte.

Por: Enrique Ipiña Melgar

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