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Derecha inculta

octubre 04
12:42 2013

Por. María Crisitina Corera

Chile. Estos días anda dando vueltas uno de esos típicos informes que nos demuestran una y otra vez que hay dos Chiles. No pasa un día en que no leamos algo que nos recuerde la abismantes diferencias que hay  en nuestro país. Que la desigualdad, que el acceso a la salud, que la mala distribución del ingreso, etc., etc. Y por supuesto el sempiterno y no resuelto tema de la educación.

Que hay educación para ricos y para pobres y otra educación para los “super ricos” es algo conocido. Y eso quedó claro en un informe publicado hace poco y que muestra que el 50% de los gerentes generales de las 100 empresas más grandes de Chile egresaron de 5 colegios.

Y eso me hizo ponerme a pensar, ¿qué aprenden los hombres y mujeres egresados de esos colegios, cuyo costo mensual, solo por concepto de colegiatura, es superior a un sueldo mínimo?

Pareciera ser que la enseñanza de esos colegios de elite es bien específica. Obviamente se les enseña a lograr éxito económico, administración y optimización de recursos. Me imagino que también se les grabará a fuego que jamás deben olvidar que son superiores, que están sobre el resto y que no deben permitir jamás que “gobierne la calle”.

Por supuesto  aprenden a multiplicar, pero no a sumar. A contar, pero no a crear.  A memorizar, pero jamás a soñar y menos a  aventurarse. A fabricar, pero no a construir. A triunfar, pero no a vivir. Egresan siendo expertos en costos y precios, pero no en valor. Y de geografía deben aprender donde están los destinos turísticos de moda, no creo que mucho más que eso. ¿Para qué? No es necesario tampoco conocer la historia de la humanidad ¡pasó hace tanto tiempo eso!…

Es claramente una educación basada en la competencia. Donde se usa a las personas y se aman los bienes materiales y no al revés. Con temor al fracaso, a Dios, a los cambios y la diversidad.

Pero eso sería todo. Nada más. Sólo conocimientos formales. Al parecer no les enseñan a cuestionarse todo, a pensar y darle vueltas  a las cosas, a mirar más allá de sus ombligos, a darle importancia a los proyectos colectivos por sobre los individuales. Si no, ¿cómo se entiende que la derecha  chilena no tenga artistas, escritores, músicos, escultores, pensadores? ¿Por qué la cultura es patrimonio de la izquierda? ¿Qué aportes importantes ha hecho la derecha a ese mundo? Hay excepciones por supuesto, pero son eso: la excepción que confirma la regla.

Y no sólo no participan de ese mundo, si no que lo ven como algo extraño, ajeno. Si por algún motivo conocen o son amigos de alguien que no tiene una profesión tradicional hablan de que es “hippie” y lo consideran de lo más exótico. Casi una mascota, un artista plástico y una boa constrictor están al mismo nivel de rareza.   Por supuesto jamás valorarán su trabajo. Un diseñador hace “monos”. Los actores son “raros” y los escritores, “flojos”. Toda gente que “pierde el tiempo”, no como ellos, que “trabajan”.

Esa incultura es también una de las consecuencias de la segregación. Viven encerrados en sus guetos, se mueven en un restringido mundo que contiene todo: colegios, parroquia, familia, amistades, club social y todo lo que necesitan para vivir la aparente vida perfecta. Luego, cuando son adultos, se casan con alguien de ese mismo círculo, siguen viviendo cerca, veraneando donde mismo, hablando  de lo mismo, se premian entre ellos  y sus hijos van a los mismos colegios a los que ellos fueron. Así se perpetúa todo, incluida la mirada distorsionada de la realidad.

Quiero aclarar que este análisis no es una crítica, es sólo una constatación, porque al final son ellos los que se pierden la magia que dan la sensibilidad y la capacidad de descubrir ese otro mundo. El que llena el alma, ese lleno de sonidos, colores, sensaciones y sabores, de preguntas y dudas más que certezas. Un mundo que no se puede comprar, que hay que  construir, sentir, palpar, compartir, que requiere vivir, con más utopías que dogmas.

Recuerdo un libro de Elisabeth Subercaseaux cuyo protagonista odia a Lemebel, porque su mujer descubrió en sus libros que existía otro mundo y lo abandona a él y su vida perfecta para correr tras ese mundo recién descubierto. Buenos tiempos cuando ella sólo leía a Pilar Sordo o Coelho, piensa él.

Nuestra elite me  hace recordar las casas reales de Europa, cuyos integrantes  se casaron por siglos entre ellos, una y otra vez, se heredaron las fortunas y el poder y construyeron alianzas que los hicieron sentir literalmente seres superiores, verdaderos  dioses. Pero también se heredaron la hemofilia, que los debilitó y aunque no fue el motivo de sus caídas, sí influyó. Y tarde o temprano esa falta de sensibilidad, de rebeldía, esa incapacidad de conocer cómo funciona el mundo real, cómo viven los ciudadanos de a pie, será la perdición de nuestra clase dominante. Padecen una “hemofilia cultural” que los hace ignorantes, simples, insensibles, sin capacidad de crear, de imaginar, de pensar, de reconocer los grandes cambios.

Llenos de esa soberbia que es inherente al poder y debilitados por la enfermedad. Hipóxicos, medio cianóticos por la falta de aire, demasiado tiempo encerrados, su mundo particular no les ha permitido respirar y están narcotizados por el consumismo.

Todo eso ha hecho que no se hayan dado cuenta que los ciudadanos ya están a los pies de su amurallado reino. Y menos, que aunque son dueños de casi todo, hay algo que jamás tendrán y eso es el alma de este país, porque esa no se compra: se construye y se comparte entre todos.

 ElPilin.cl

@Mefaltaelaire

 

Gobierno Autónomo Descentralizado Municipal del Cantón Baba

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