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El agua entra a las casas en varias zonas

El agua entra a las casas en varias zonas
enero 24
12:52 2014

Expreso

Son escenas parecidas a las de otros años las provocadas por el invierno que recién empieza. Casas inundadas, gente con el agua hasta el cuello, canoas en la sabana, cientos de culebras buscando un refugio seco y gallinas cluecas sin un sitio donde poner sus huevos criollos.

La causa son las intensas lluvias y también la imprevisión. Los muros, diques y desagües pedidos por los moradores de los recintos de Babahoyo, en Los Ríos, no han sido construidos. Y el temor persiste ante las nubes que «negrean» las montañas de Guaranda y que hacen prever tremendos aguaceros.

La represa Río Chico, que controla el agua que llega desde los cerros, está amenazada por una inmensa palizada y el deterioro de la estructura: fierros a la intemperie, grietas y muros que se derrumban. En el verano se pidió asegurarla.

En otras áreas pasa algo similar. En Urdaneta varias calles quedaron anegadas y las actividades comerciales se paralizaron en el centro. En El Triunfo, Guayas, La Carmela y otras áreas están en problemas. En Milagro sucedió lo mismo.

Lo más dramático está en la zona rural de Babahoyo, donde el agua de los ríos Cristal y Las Juntas inunda todo. El agua llega hasta las ventanas de las viviendas, el arroz recién sembrado se ha perdido y la gente ya no tiene dónde trabajar.

«Hemos hecho gestiones en la Gobernación, Prefectura, tenemos seis años con este problema, pero estos señores olvidan todo lo ofrecido», enfatiza Hólger Monar, a quien sus diez hectáreas se le fueron a pique.

Pasa igual en La Huaquillas, Mascota, 24 de Mayo, La Fortuna, Las Conchas, Alcancía. Son miles de hectáreas afectadas porque un dique está roto y porque no hay una obra que desvíe la inmensa cantidad de agua y la palizada tapona la represa. Tienen que drenar el río y hacer un aliviadero, recalca Segundo Montenegro. Él también es un arrocero. Allí el arroz es todo, «el pan de cada día del comerciante, el transportista, tendero, carnicero, del que vende tarjetas prepago».

«El problema no es la pérdida solamente, es cómo subsistimos; el arroz es todo para nosotros, no podemos irnos a otro lado», cuenta Miguel Peña.

Monar asegura que la fe se está perdiendo. Lo vive en carne propia: sus hijos ya se fueron del campo hace años. Uno está en España, otro es guía penitenciario en Guayaquil y la última vive en Riobamba.

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