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El Enemigo Público Número uno

El Enemigo Público Número uno
octubre 14
18:01 2013

Enrique Ipiña

Por Enrique Ipiña Melgar
Algunos podrán decir que hay enemigos peores. Puede ser. Pero éste, si no es el peor, es de los peores. Por solapado y disfrazado de amigo. Porque comienza en todas nuestras fiestas y celebraciones, haciéndose pasar por amable y cordial, por alegre y compañero de todos.
El alcoholismo es un auténtico antivalor que utiliza los valores sociales para pasar inadvertido delante de todos, como lobo con piel de oveja. Pero cuando se quita el disfraz y se apodera de su víctima, no hay capataz de esclavos más cruel para llevarla hacia su perdición. Así acaba con las vidas jóvenes y prometedoras, con las parejas más felices, con las carreras profesionales, con el trabajo honrado, con todo.
Cuando una persona bebe en exceso pierde la sensibilidad y la razón en pocas horas. Y, si eso se convierte en un vicio, pierde también la salud y la vida. Bajo el influjo de la poderosa droga que es el alcohol, se pierde hasta la dignidad humana. Y así vemos botados por las calles y durmiendo en la intemperie, a quienes ya se les cerró las puertas de un hogar y no tienen lugar a donde ir a parar. Porque una persona alcoholizada resulta socialmente peligrosa; es capaz de las peores crueldades con sus hijos o con su compañera o compañero. Así se explican las terribles palizas que sufren las madres por defenderse y defender a sus hijos, muriendo a patadas y a puñetazos, cuando no a puñaladas o a balazos. Y eso sucede en todas las comunidades, en el campo y en la ciudad. Usted podría, ahora mismo, recordar los casos que han sido de su reciente conocimiento, aunque no todos hubieran llegado a ser difundidos por los medios de comunicación. Y es que la violencia suele venir, o casi siempre viene, de la mano de una borrachera.
No es que estemos contra el alcohol, sino contra su abuso y la deshumanización que acarrea. No pedimos la prohibición del alcohol que, como está históricamente demostrado, sería un fracaso. Estamos más bien por la educación en valores, para que los niños de hoy no caigan en esta trampa cuando lleguen a su juventud. Y estamos a favor del control y la regulación del consumo de bebidas alcohólicas.
No haría falta control alguno si todas las personas se controlaran a sí mismas. Si, conociendo sus límites se abstuvieran de seguir bebiendo; pues saben muy bien después de cuántos tragos pueden empezar a perder el control de sus pensamientos, de sus palabras y hasta de su propio cuerpo. Pero en todos los países del mundo, incluso en los más educados, hay personas que no son capaces de controlarse a sí mismas como su dignidad humana les exige. A éstas hay que ayudarlas con el control social y con la fuerza de la ley.
El control social debería bastar. Si no fuera por la capacidad que este enemigo tiene para granjearse la simpatía de la gente. Con frecuencia asistimos en la radio, en la TV y en el cine a espectáculos para todo público, en los que se hace muchos chistes de “borrachitos” que arrancan sonoras carcajadas. En ese momento nadie piensa que el chistoso borrachito puede acabar atropellando gente en una avenida o en una carretera, o majando a golpes a su mujer y a sus hijos, quedándose solo en la vida y dejando a siete huérfanos (como en el caso más reciente) sin madre y sin padre. Y es que no hay control social. Al contrario, se fomenta la orgía. Y se le saca provecho en dinero, sin medida, en las fiestas folklóricas, en los matrimonios y en los bautizos, en los cumpleaños, en las verbenas, en el fútbol de barrio de los domingos; en cuanto acontecimiento social se presenta. No hay control social.
No queda, pues, más remedio que acudir a la fuerza de la ley. Pero no nos hagamos ilusiones. Para eso hay que tener autoridades que la hagan cumplir efectivamente. De nada sirve legislar los castigos más duros contra los que abusan del alcohol y en estado de borrachera conducen un vehículo público o privado si el castigo nunca se aplica porque todos tienen “muñeca” o pagan sobornos. De la misma manera, de nada sirve la ley contra la violencia que sufren las mujeres, o los niños… Y es que, hay que reconocerlo, el sentir social está a favor de los borrachos. Aunque nos duela reconocerlo, es la verdad. Y eso es permisividad, que pasa de la connivencia a la complicidad.
Basta de tanta tolerancia, dejadez e indiferencia. De lo contrario, nos estaremos haciendo cómplices de hechos nefastos que no sólo terminan en desgracias personales o familiares. Al alcoholismo se le puede atribuir la tardía reacción ante la invasión de 1879; o el abandono de nuestras tropas más allá de Villamontes, en los pajonales del Chaco, a donde se dice que nunca llegaban los cajones de whisky ni los que se emborrachaban con esa bebida. Y no es necesario discutir si esos son mitos o verdades históricas. Están en la conciencia popular, la única que no olvida ni perdona jamás.
Acabemos con el alcoholismo; o esta bestia acabará con nuestras mejores esperanzas de cambio hacia la nación más humana y fraterna, la que todos queremos.

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