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El Pasillo: género inmortal de los ecuatorianos

octubre 01
10:27 2013

Carla Badillo Coronado

Fuente. Telégrafo

UNO

Hace mucho tiempo quería conocer este lugar. Sentí que hoy era el día, por eso llamé a Mariela Condo, esa gran cantante y amiga quien conociendo mi amor por las cantinas viejas, las de a de veras, las de rocola, es decir: las que ya casi no existen, me había contado sobre la ‘Cantina de Don Carlitos’. Así que nos vinimos.

El lugar se llama ‘El Tropical’ (los tradicionales hervidos) y está ubicado en la esquina de la Maldonado y Quijano. Paredes  de color beige, baldosas verdes y varios espejos adornan el lugar. Mariela me tapa los ojos con sus manos y al destaparlos de nuevo encuentro frente a mí un tesoro: una rocola Wurlitzer, de poco más de medio siglo, con un repertorio maravilloso de música que va desde los boleros hasta el tango, pero  la mayor parte se las lleva el pasillo.

Introduzco una moneda de 25 centavos y la maquinita del tiempo me regala dos canciones. Presiono dos teclas rojas: Q1 y el disco de acetato sale de su rincón y empieza a girar. La voz de Carlota Jaramillo inunda el salón.

Me brillan los ojos. Lo sé porque me lo dice Don Carlitos. Mariela me lo presenta. Parece de otro mundo. Tiene 82 años, camisa cuadriculada, una gorra blanca, casi tan blanca como su barba y su pantalón. “Este lugar es pura historia, ya lleva 68 años funcionando. Primero era de mi suegro y estaba allá al frente, luego lo trasladamos acá y yo me hice cargo junto con mi mujer”, me cuenta señalando a doña Ruth, quien sabe la fórmula exacta para preparar los famosos hervidos, a base de puntas y jugo de naranjilla.

Los Hermanos Miño Naranjo conocieron
a Julio Jaramillo mientras grababan su primer disco en 1965Llevan 48 años casados. Y mientras Don Carlitos me cuenta su historia va colocando nuevos pasillos. “D2”, me dice. “Responde Corazón de las hermanas Mendoza Suasti”, y con la sonrisa de quien se niega a dejar de trabajar, puesto que  su trabajo es su vida, me dice. “Yo he pasado de todo. Nací en el Azuay, me fui del campo a los 8 años directo a Guayaquil, en ferrocarril. Me hice marino, vi la muerte varias veces, y luego me hice chofer. Vine a Quito, y aquí, en este mismo lugar, conocí a mi mujer. Desde entonces hemos permanecido juntos”.

163 sucres le costó ‘El Tropical’, esta  hueca maravillosa que pocos conocen a pesar de haber sido cuna de muchos artistas del barrio San Sebastián. “V7. Soñé contigo, Valencia Aguayo”, grita emocionado don Carlitos. Y yo pienso en mi abuelo, su tocayo, lo imagino con la misma sonrisa, iluminado frente a alguna rocola que jamás conocí, y que sin embargo, algunas de sus canciones tengo la fortuna de escuchar esta noche.

DOS

Mariela y yo seguimos en la mesa número 4. Se nos acerca un cliente solitario y nos dice “antes esa rocola estaba allá, es como seguirla viendo, yo tenía 14 años, ahora tengo 60”. Bastó que nos contara eso para extender la noche y los hervidos. Su nombre es Genaro y en sus historias desfilaban una serie de personajes. “Mi tío que vivía en Guayaquil era quien le hacía los ternos a Gonzalo Benítez, del duo Benítez y Valencia. Y mi hermana era buena amiga de la esposa de Daniel Santos, por lo que una vez me lo encontré en su casa y terminamos en una guitarreada imposible de repetir. Otra gran amiga mía: Teresita Andrade “La voz dulce del Ecuador”. Llegan dos personajes más, cada uno en una esquina y con una petaca de hervido sobre la mesa. De lejos escucho la voz de Don Carlitos. “¿Qué tal ahora un valsesito? Q3. Fatalidad,en la voz del finadito Julio Jaramillo. El gran ruiseñor de América”,  nos dice.

TRES

¿Pero habrá alguien que no se llegue a conmover al escuchar un pasillo? Apenas tres acordes y me erizo entera. Puro sentimiento, pura maestría. Trato de recordar desde cuándo me gustó este género y me pierdo en el tiempo.

Buena señal -pienso- en mi sangre ya estaba esa cadencia única.

Cuenta mi padre que mi abuela Dioselina siempre tenía sonando en casa el pasillo ‘Lamparilla’, mientras que mi tío Gonzalo —ese poeta que tras un infarto murió muy joven— solía escuchar ‘Flores Negras’.

Mi madre, por su parte, siempre estuvo ligada a la música nacional gracias a mi abuelo Carlos, ese bello sastre de corazón bohemio, con quien, desde la Chimborazo hasta San Diego, recuerda haber recorrido, por la vereda, un mosaico de canciones, escuchando de lejos las risas de los muchachos y el sonido de las rocolas que parecían nunca parar.

La ‘negra’  —como la llamaba de cariño— era su adoración, por lo que aún chuchaqui mi abuelo la tomaba de la mano y se iban juntos a los ‘caldos de mondongo’ de Doña Margarita, en San Roque, su barrio.

“Mientras papá tomaba el caldo —cuenta mi madre—  a mí me daba la calavera con una cuchara, y yo era feliz. Los chumaditos seguían llegando, hablando de mujeres, trago y canciones del alma que ya me eran familiares”.

Y entonces recuerda una estrofa: “Señor no estoy conforme con mi suerte/ ni con la dura ley que has decretado/ pues no hay una razón bastante fuerte/ para que me hayas hecho desgraciado”. La letra corresponde a Rebeldía, ese pasillo enorme que a mi abuelo y a mi madre siempre los unió.

CUATRO

Estoy sentada en un café al norte de Quito. Frente a mí: Jorge Aguirre, músico y director del Trío Colonial, conformado también por Édison Aguirre (primera voz y guitarra) y Freddy Aguirre (segunda voz y requinto), además de una orquesta que los acompaña. Con 25 años de trayectoria y  3.500 actuaciones, dentro y fuera del país, Jorge es una de las personas que puede dar cuenta de lo que el pasillo significa en la cultura musical del país.

“Muchos pasillos se han convertido en bandera de nuestro repertorio. Ángel de luz, por ejemplo, de la compositora riobambeña Adelina Ramos, es una belleza, fue compuesto en 1940 y todavía se lo sigue cantando; o El Aguacate, que pasa de los 70 años y fue creado por don César Guerrero, es uno de los  favoritos de nuestro público”.

Los primeros compositores fueron los quiteños Aparicio Córdoba y Carlos Amable OrtizJorge explica que si bien hay mucho pasillos compuestos a diferentes lugares del Ecuador, son los que hablan del ‘amor’ sus favoritos. “El pasillo está basado en esas tres situaciones: el amor correspondido, el no correspondido y amor traicionado”. Por otra parte, para él, los más grandes intérpretes han sido Carlota Jaramillo, oriunda de Calacalí, y el guayaquileño Pepe Jaramillo, conocido como ‘el Señor del pasillo’.

“Yo tuve la oportunidad de conocerlo. No sólo goce de su amistad sino que estuve en una tertulia con él hasta dos o tres días antes de su muerte. Acompañarle a él con la guitarra era muy difícil. No podías  ser un músico mediocre o bueno sino excelente, porque él era el rey del sincopado (un término musical que se refiere a un intérprete que no canta bajo el compás marcado). A él le gustaba alargarse en las notas y casi hacerte caer en el error del descompás. Y como tenía un carácter temperamental te regresaba a ver o  de plano mandaba sacando” (risas).

Si bien muchos coinciden en que Pepe Jaramillo interpretaba incluso mejor que su hermano, Julio, este gozó de menos fama. “Yo le pregunté eso a Pepe una vez y él me respondió que para empezar nadie es profeta en su tierra. JJ se hizo famoso cuando salió del país. Segundo: sin ser muy guapo, él veía el carisma inigualable que tenía Julio  al cantar, por lo que decía “él  abría el pico y automáticamente se le caían las medias de nylon a las mujeres. Y por último, este es un país que adora a sus muertos, por eso JJ se hizo aún más famoso de muerto que de vivo, convirtiéndose en verdadera leyenda”.

CINCO

Sábado, 3:30 de la tarde. Camino por el barrio La Tola. Voy tras los pasos de ‘Tiwintza’ y ‘El Piedrazo’, cantinas de las que alguna vez escuché. —¿Aún existen? le pregunto al único señor que encuentro en medio de la calle Chile. Su rostro es muy particular. Alto, desgarbado y con una mandíbula desproporcionada me dice: “Hace  tiempo que cerraron. El dueño de Tiwintza murió y no se supo más del lugar”.

Le agradezco, pero no me convence del todo su respuesta. Avanzo. Giro a la izquierda con dirección a la gallera. En la esquina encuentro una peluquería. ¿Qué mejor aviso  que el de un peluquero? Le pregunto por Tiwintza. “De la casa de al lado a la siguiente, ahorita está abierto”, me responde una mujer. Sonrío, le agradezco. A pocos metros escucho una canción: Cinco centavitos en la voz de Julio Jaramillo.

Entro. Es un lugar pequeñito, con dos ollas grandes y una paila de pescado frito. Hay apenas cuatro mesas, y siete viejos geniales. Cada frase es un chiste, un proverbio, pura sabiduría popular.

SEIS

Doña Bertha Orozco es la dueña del lugar. Me explica que ella misma lo regentaba más abajo, pero el dueño de la casa murió y tuvo que rentar un nuevo espacio. El lugar tiene casi 20 años, y pese a ser en teoría una picantería, ella tiene sus clientes fijos, que vienen a “pegarse unos traguitos, pero tranquilos, escuchando música que ya en otros sitios no ponen”. Nueve hombres y Doña Bertha ocupan todo el espacio. Parece un lugar atemporal; adentro dos hombres fuman como si nunca hubiese llegado a sus oídos ninguna ley de prohibición.  El menor tiene 60 años, el mayor 84, todos son una mina de anécdotas. Hablamos del pasillo, desde luego.

José Antonio Enríquez vive desde hace dos décadas en el barrio, pero recuerda que de jovencito iba a dar serenatas a las muchachas. El repertorio era por lo general un sanjuanito, un valse y un pasillo para rematar. “Con eso se quedaba la guagua llorando” (risas). Dice que uno de los pasillos que cantaba era Las tres Marías, de las hermanas Sangurima “llorar de amor cobardía es/ querer demás locura es/ nunca el amor paga como es/ por eso lloro como un niño…”.

“¡Ahhhh!”, dice Jaime, otro de los que daba serenata en su tiempo. “Pero si de esas historias yo tengo un montón”. Entonces comienza con garbo:  “Éramos tres. Vivíamos en la 24 de Mayo. Íbamos a darle serenata a la muchacha que le gustaba a mi amigo. Paramos primero por la esquina de Santo Domingo, donde contratamos a unos cieguitos con acordeón. Ya todo estaba listo, pero yo sí le advertí que el papá de la chica era muy bravo. No me escuchó. Fuimos al balcón e iniciamos el repertorio. No pasó ni tres minutos, y el señor se asomó por la ventana y dijo “Ni creas que vas a estar con mi hija. Ahí te va el agua de coco”. Y de una nos echó encima la orina del bacinillazo. Eso era  típico de aquí”.

Uno de los personajes de la fonda, el que se hace llamar ‘JJ Cordobés’, interrumpe la historia  para ofrecerme una copita. “Sírvase nomás mijita, agüita nomás es”, me dice con picardía. “Pero agüita loca ha de ser”, respondo. “Para qué le voy a mentir, agüita de avispas es”. Todos ríen. Vaso adentro. A su salud, les digo. Rueda la voz de Olimpo Cárdenas y no me quiero ir de este lugar. No me iría si en media hora no tuviera que estar en casa de otra grande  de la canción nacional: Paulina Tamayo.

SIETE

Paulina me abre la  puerta. Lleva una blusa colorida, cabello recogido, sonrisa amable. Empieza contándome su trayectoria. “Comencé a cantar a los 5 años y ya llevo 43 años de trayectoria. Creo que siempre estuvo en mis genes. Mi padre en su juventud cantaba, mi madre, como buena lojana, también. Mi tío abuelo fue Víctor Valencia, uno de los más grandes compositores de música nacional. Pasillos como En la cruz, Dolencias y Rebeldía son de su autoría”.

Paulina cuenta que inicialmente era su hermano Fausto quien cantaba. “Mi madre había contratado a un requintista y a un guitarrista para que  ensayaran a  mi hermano. Él tenía 9 años, y yo apenas 5. Durante el ensayo, yo escuchaba sentadita, hasta que un día les pedí a los músicos cantar. Mi madre me dijo que me quedara quieta, pero ante mi insistencia terminé cantando y se quedaron con la boca abierta. Canté el albazo Pajarillo, acompasada, afinada y con el típico sentimiento. Así que el guitarrista le había dicho a mi madre ‘yo le aseguro, señora, que la que va a cantar es la niña, no su hijito’, y así fue”.

A raíz de ello Paulina ganó un concurso en una radio local y el premio fue concursar en otra radio en Colombia. Allá también ganó, obteniendo, a los 6 años de edad, el título de cantante profesional. “He estado en un sinnúmero de escenarios, dentro y fuera del país, y es hermoso tener esa conexión con el público. En ese sentido, el pasillo es el alma de nuestro folclor, y es para mí un honor cantarlo con todo el respeto que este género se merece”.

Mauricio, su marido, quien de alguna forma inspiró la interpretación del pasillo Amor dolor, la observa atento desde la esquina.

Le pregunto a Paulina por sus maestros, los que para ella son los grandes de todos los tiempos, y sin  pensarlo dos veces me dice: “Carlota Jaramillo, Benítez y Valencia y el gran Olimpo Cárdenas”, quien -reitera- es uno de sus ídolos. “No voy a desmerecer el conocimiento y talento de los cantantes de esa época. JJ es JJ, pero musicalmente hablando, Olimpo Cárdenas es superior, su tesitura de voz es única y su manera de interpretar, inigualable.

Antes de irme, Paulina canta un pedacito de Amor dolor y se me abre la vena, le digo. Entonces me brinda una copita de cognac, que acepto con gusto mientras me preparo para entrevistar al pianista y compositor, Paco Godoy.

OCHO

Paco Godoy es una enciclopedia viva. Le pregunto por el origen del pasillo, y dice “la gente pierde el tiempo cuando quiere encontrar la partida de nacimiento del pasillo, todos los géneros del mundo no nacen en un momento, sino que se trata de una gestación que va tomando forma. Según mis investigaciones de toda la vida, el pasillo es ecuatoriano. Si bien tiene la influencia de ritmos europeos, como el vals y la habanera, los primeros compositores fueron el quiteño Aparicio Córdoba, con el famoso pasillo Los Bandidos y otro quiteño, nacido en 1859: Carlos Amable Ortiz, que hizo, entre otras joyas, Reír llorando, No te olvidaré y Mis Flores Negras, con la poesía del  colombiano Julio Flores”.

El maestro cuenta tantas anécdotas que es imposible no recrear una película entera en mi cabeza. “El pasillo es una trilogía”, dice. “Tiene un compositor, un buen poeta y un buen intérprete. Si me pidieran que lo describiera yo, diría que el pasillo es una válvula de escape a los sentimientos”.

Paco Godoy empezó su carrera a los 5 años cuando dio su primer recital, y tiene a su haber 600  composiciones, entre ellas muchos pasillos, como el destacado Renunciamiento, compuesto -según él- en un momento de éxtasis. “Me salí de todos los esquemas. No quise grabarlo con instrumentos, sino solo con la voz humana, la  de un hombre que hiciera el papel de un bajo, otro el de la guitarra, y así con 25 personas del coro Pichincha logré interpretar este pasillo. Y pese a que soy joven, quise revivir la historia de los viejos. Entonces usé un poema del cubano José Ángel Buesa y quedó este pasillo nuevo,  actual, pero manteniendo la esencia del género.

NUEVE

“El pasillo ha significado el símbolo de nuestro éxito. Para muestra  un botón: la única canción que ha logrado un galardón mundial en el país ha sido el pasillo Tú y yo, con  música de Francisco Paredes Herrera  y letra de Manuel Coello Nóritz”, cuenta Eduardo Miño, uno de los legendarios Hermanos Miño Naranjo.

Una de sus anécdotas más memorables fue cuando conocieron a Julio Jaramillo mientras grababan su primer disco. “Era el año 65; la primera canción que grabamos fue el pasillo Sin tu amor, de Segundo Bedoya.

En medio de ello, vimos a Julio, quien también grababa un disco, y todavía no era muy conocido. Tanto él como nosotros teníamos  de arreglista al famoso  Rosalino Quintero, quien  nos dio fama con sus estribillos y arreglos. Fue muy lindo porque el negro Jaramillo compartió con nosotros escenario muchas veces, y fue él quien nos llevó  a la famosa Lagartera en Guayaquil.

Eduardo sigue evocando anécdotas, siente nostalgia y alegría. “Al pasillo le debemos todo. Es un género con demasiada alma y es un real privilegio poder seguir difundiéndolo con nuestra voz”.

DATOS

Julio Jaramillo (Guayaquil, 1935-1978) es uno de los símbolos de la identidad nacional. Una de sus interpretaciones más conocidas es ‘Nuestro Juramento’ y fue catalogado como el ‘Ruiseñor de América.’ Murió a la edad de 42 años, y sus restos recibieron una despedida como ningún otro personaje popular. Se calcula que lo acompañaron 250.000 personas.

Otros exponentes del pasillo son: Carlota Jaramillo, Olimpo Cárdenas, Pepe Jaramillo, Hermanas Mendoza Suasti, Dúo Ecuador, Hermanas Sangurima, Dúo Benítez y Valencia, Patricia González, Lida Uquillas, Margarita Laso, Grupo Quimera, Hermanos Núñez, Piedad Torres, etc.

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