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Infanticidios y matricidios

Infanticidios y matricidios
diciembre 23
23:15 2013
Enrique Ipiña

Enrique Ipiña

Por: Enrique Ipiña Melgar

Los infanticidios, muchas veces acompañados de la muerte de la madre, son absolutamente censurables y punibles. Son peores aún los infanticidios en los que la madre, el padre o ambos, resultan siendo los asesinos de un inocente, a quien engendraron con la gravísima obligación ante la sociedad y ante Dios de cuidarlo, educarlo y hacerlo crecer hasta lograr el desarrollo de una persona bien formada y útil para la familia y para la sociedad. En esto estamos todos de acuerdo, sin la menor duda.

Y, sin embargo, la muerte de un inocente, por desgracia, casi se ha convertido en un tópico desde que la anomia y el permisivismo actual han hecho del aborto algo banal, inofensivo, hasta deseable y legítimo si es para bien de la gestante.

De ahí, de dar por bueno el asesinato de los no-natos, a la extensión de ese mal espíritu hasta la carencia de escrúpulos de los asesinos de bebés y niños que los estorban, no hay mucha distancia. Total, ninguno de ellos puede defenderse y, en todo caso – se piensa aunque no se diga – deberían respetarse primero los derechos de los adultos, como si sólo éstos gozarán de los derechos humanos.

Que el lector me disculpe si he sido tal vez rudo al expresarlo así. Pero creo que ese es el razonamiento, estrictamente “lógico – criminal”, que siguen los asesinos cuando premeditan la muerte de un niño o de una niña. La sociedad no debe tolerarlos ni perdonarlos. No importa que algunas naciones de esas que se autocalifican desarrolladas, toleren y aun legalicen el aborto. La permisión del aborto nos coloca, en los hechos, a un paso de una tácita tolerancia del infanticidio.

Y es que, cuando está ausente el amor y sólo campea el egoísmo, los bebés y los niños estorban. No dejan trabajar ni disfrutar de la vida. Cuestan mucho dinero: hay que alimentarlos, vestirlos, educarlos, cuidar de su salud. En pocas palabras, son muy exigentes. Y lo son cada vez más, a medida que crecen. ¡Y con esta pobreza que no nos deja vivir!
Bajo esa inaudita manera de pensar se configura una falacia: que siempre es más valiosa la vida de una mujer adulta que la de un bebé o de la de un niño de corta edad. Esta falacia se reviste de la legítima preocupación por la vida de las madres. Y, sin embargo, con ella se pretende dar justificación a muchos crímenes cometidos contra los que aún no acaban de nacer. No se puede admitir: ninguna vida es más valiosa que otra; vale lo mismo la vida de un bebé que la vida de su madre. Lo contrario sería aceptar una discriminación absolutamente perniciosa, que abriría las puertas a la indiferencia ante el crimen y las violaciones de los derechos humanos.

No hay que confundir la planificación familiar y la educación para una sexualidad sana y responsable, con las campañas alegremente financiadas por ciertas agencias internacionales y nacionales para la legalización del aborto. No hay que consentir la falaz lógica que toma los derechos de la mujer como si fueran antagónicos a los derechos de los niños. Esa manera de pensar es la misma de quienes pretender combatir el subdesarrollo y la pobreza impidiendo que nazcan los pobres, ¡acudiendo incluso al aborto y a las prácticas anticonceptivas forzosas o engañosas! Hay testimonios históricos de estos estos abusos, tan recientes como los hechos que se produjeron en el gobierno de Fujimori en el Perú.

No es así que se conseguirá eliminar la pobreza, sino mejorando la producción y la distribución de la riqueza; y desarrollando los servicios sociales, en especial la salud, la educación, la vivienda, el saneamiento básico, el deporte, la recreación, la cultura, etc. En eso consiste el auténtico Desarrollo Humano.

Abramos bien los ojos: detrás de la indiferencia con la que se trata el aborto, se mueve también una difusa mentalidad muy de moda, traída y llevada por las telenovelas y la televisión farandulera, que se formula y expresa en frases de todos los días y en todas partes: “disfrutar de la vida es el fin de toda existencia”, “el deber y la moral son cosas del pasado”, “creer en Dios es como creer en el papa Noel”, “cada uno tiene derecho a formarse su propia moral”, “nadie puede coartar en lo más mínimo tu libertad”, “lo primero es ser feliz”, “no hay que cargarse de hijos”, etc., etc… Usted podría ir citando muchas frases más, que se dicen como si nada.

Por ese camino la nación se estaría precipitando al abismo. Sin embargo – y felizmente – somos seres pensantes, dotados de espíritu crítico y creativo. Nos damos cuenta de qué es lo verdaderamente malo y en qué consiste el bien, el de todos y no sólo el de unos cuantos. Sabemos cuánto vale la fe y la tradición que nos dejaron nuestros padres. Y no permitiremos que nuestra sociedad se disuelva en un mar de corrupción y de amoralidad criminal, como se disolvieron y murieron las potencias totalitarias del siglo XX. Nosotros – si actuamos en consecuencia con nuestros principios – estamos, estaremos y prevaleceremos de pie.

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