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La gente está triste

La gente está triste
septiembre 22
12:00 2013

Por.- Diego Firmiano

La gente está triste. Andan por la calle con las manos entre los bolsillos, y con sus sueños guardados dentro del gabán. Rozan ligeramente con las yemas de sus dedos las pesadas monedas que los identifican. Suspiran. El viento los golpea y se lleva esos pensamientos de cangrejo que incuban a diario. Pero que más da, el hombre ya se acostumbró a pensar como la ciudad, se mimetizó con sus estructuras y su frio natural. Piensa en círculo y de una manera abstracta: escucha las mismas canciones, y tiene similitud de sentimientos con ese paquete tibio de hombres que juntos se hacen llamar sociedad. Cuando alguien piensa fuera de la ciudad, lo hacen a un lado. Lo que no saben es que los genios pueden pensar en cualquier forma y sobreviven en medio de la adversidad de opiniones.

Miran al suelo, miran horizontalmente, rara vez miran hacia arriba, hacia el cielo, de donde podría caer un piano, una maceta o un gato de siete vidas. Piensan todo el tiempo como ser felices: piensan en términos económicos. Renuncian a construir sus sueños y compran ideales hechos. “Que bien, el próximo año iré a Meknés”, llegado el momento les invade esos anaranjados pensamientos de cangrejo: “No hay tiempo, tampoco dinero”. Vuelven a su realidad, sueñan despiertos y dormidos, y para el próximo año planifican sus esperanzas. Son pensamientos de ciudad. Por eso digo: la gente está triste.

Tienen preparada siempre una sonrisa por si hay que mostrar el lado humano: Es la felicidad consuetudinaria. Ellos ven esos carteles pegados en las paredes y suspiran: “Que felices son esos artistas”, pero no ven que detrás de toda función hay caras tristes y corazones quebrados como vasos. Pisan las colillas de cigarrillos que aspiraron algunos hombres. Odian el ruido de la calle, quizás porque no hay belleza en todo ese guirigay. Contemplan desde los puentes la libertad del agua, y la libertad que produce un pequeño salto. Cierran los ojos; aspiran el aire nauseabundo que emigra por las callejuelas, no hay opción, son iguales porque respiran el mismo aire despojado de calidad, clase, categoría, forma o función, el aire es aire, el hombre es el hombre.

Ven pasar autos que confunden con personas. “allá va Odilo Aguilar” y escuchan el zumbido estruendoso de los motores. No ven a nadie, escupen smog y les nubla la vista el aliento de los carburadores. Les pareció ver a alguien conocido. Se emocionan. “Son sólo máquinas”. Siguen caminando, como creyendo que van hacia algún lugar. Les interpela los anuncios de productos que los invita a ser libres. Libres en la libertad para comprar y vender. Si algo extraña la gente es entrar a un lugar y que le digan: “buenos días, que desea usted”. Ahora solo se oye: “ha arribado un cliente, indique su compra y su forma de pago”. Sienten acidez social, la ciudad los ha cosificado; esta ya no sabe lo que es amor, o si lo sabe, ha falseado la esencia vital.

Llegan a un lugar de la vida. Miran hacia atrás y se preguntan: “¿de que se trata todo esto?”. Siguen adelante, no buscan respuesta, solo caminan hacia algún lugar. Extrañan los muchos colores que ven en sus sueños nocturnos. De día las vías son grises como algunos pensamientos, y las personas son amarillas como sus esperanzas. Los perros extrañan perseguir liebres y hacen corretear a las personas mal vestidas. Pero a los que van bien vestidos les ponen su marca de territorio: orinan en sus pantalones. El hombre siempre será el objeto para sus diversiones o sus rabias. Ellos muerden a su amo, porque su amo mordió a Dios. Son el paquete que la naturaleza dotó de pelos, cola, lengua y sentimientos.

En sus casas para sentirse dueños de algo, encierran pájaros entre jaulas de colores, y buscan la libertad cerrando sus ojos y añorando ir a áfrica a corretear mariposas y antílopes. Desean un amanecer que solo pueden ver por televisión y posponen su vida porque aplazan las decisiones reales para darle paso a las decisiones instrumentales. Tienen libros, pero no los abren por miedo a que les digan la verdad. La gente quiere saber todo menos la verdad. No le tiene temor a la muerte tanto como la pura verdad. Quizás la muerte no duele tanto como la realidad de las cosas. Aun así llegan al umbral de la muerte y confiesan que no han vivido. ¿Es el destino de los mortales, vivir esta vida al revés, así como se expone la piel de un conejo?

Pierden el valor de tiempo, pero lo paradójico es que venden su tiempo. Quien lo compra, es quien controla sus vidas. Quienes los emplean los cuentan dentro de los enseres de su inventario anual. No hay ninguna diferencia, son seres reemplazables; los sentimientos no pertenecen al lugar. De lo que se trata de pasar desapercibido entre tornillos, palancas, y botones. Pero ellos (las personas) aunque saben que eso no es la vida, existen dentro de esas panzas donde los digiere el sistema. Un día los vomitara, pero será demasiado tarde, porque el dinero compra todo hasta la vidas de las personas.

Llegan a sus casas con la moral chorreada hasta el piso. Solo quieren un té con dos cuadros de azúcar y una pizca de limón. Sus zapatos se derriten y los niños corren a agradecerles a sus padres por ser padres responsables. En el lecho no tienen ni el diez por ciento de la fuerza que tienen como cuando están en la empresa. Nacen rumores de infidelidad, pero la empresa absorbe incluso todo la libido natural de las personas.

Se acuestan, esperan el nuevo día, pero no lo esperan con ansia, saben que amanecerá, es algo inevitable. Sueñan de noche en colores, balbucean como los canes, sonríen al versen entre esos sueños tan libres como el aire, tan felices como la naturaleza.

Se levantan con la pregunta capital de la existencia humana: ¿Esto es toda la vida?, preguntan sin empezar a vivir. Se alistan, salen a la calle. Y de nuevo aparece esa frase tan prejuiciosa como aterradora: “La gente está triste”.

@Dfirmiano

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