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Los primeros pasos del cine en Latinoamérica

Los primeros pasos del cine en Latinoamérica
septiembre 15
23:26 2013

Desde co­mienzos del siglo XX, los principales países de América Latina -México, Brasil y Argentina- tuvieron su propio cine con sabor local para diferenciarse del europeo o el norteamericano, aunque pronto sufrieron la áspera com­petencia estadounidense. En México, por ejemplo, el ingeniero Salvador Toscano Barragán (1872-1947), considerado el padre de la cinematografía azteca, compró en 1897 un aparato “Lumiére” y filmó, durante 20 años, la historia y las revo­luciones de su patria, en 50.000 me­tros de apasionantes documentales, que permitieron en 1954 realizar un monumental mon­taje titulado “Memorias de un mexicano”. Traspuesto el siglo, el fotógrafo Julio Lamadrid, siguiendo los pasos de Toscano, filmó como representante de Pathé Fréres algunos documentales, que recogieron imágenes de paisajes, even­tos políticos y festividades religiosas. Pero ante la escasa repercusión lograda por su trabajo, Lamadrid orientó su cami­no hacia el norte, asociándose con William Fox, el fundador de la 20th. Century Fox.

Tal deserción no hizo mayor mella al naciente cine mexicano. Otros adelanta­dos fueron Julio Labadie, Enrique Rosas, Manuel Becerril y los hermanos Alva. Hasta llegar a 1906, con el estreno de la primera película mexicana de argumento, con duración poco mayor a la que corresponde a un rollo. Se tituló “El San Lunes del Vale­dor”, pero se ignora quién fue su direc­tor. Los años siguieron pasando y en 1910, “El grito de Dolores” inició el período de los films de argumento. El cine docu­mental, con su carácter de diversión de feria pasó a ocupar un segundo plano y si bien la Revolución destada en el país para derribar al general Porfirio Díaz (1830-1915) retardó en México tal fenómeno, es evidente que el esfuerzo de los cineastas se dedicó fundamentalmente a la realización de un cine considerado como arte dramático.

En 1917 se fundaron dos estudios, los de la Azteca Films S.A. y la Pro­ductora Quetzal. Empezaron así a defi­nirse los géneros centrales del cine nacional. En todos ellos existía el co­mún denominador de lo melodramá­tico, con subdivisiones en cuanto al lugar de la acción (melodrama cosmo­polita o costumbrista vernáculo) o al tiempo (films de época, con frecuentes exaltaciones de lo indígena) y final­mente el film de aventuras notoriamente influído por los seriales euro­peos y norteamericanos. Gracias a este último género, ocurrió en México un fenómeno común a otros países: los cineastas locales se vieron obligados a superar la noción de simple teatro fotografiado para alcanzar valores es­pecíficamente cinematográficos.

En 1919 el productor Enrique Rosas (1876-1920), dirigió “El automóvil gris”, califi­cada como policial, aunque contenía las premisas de los melo­dramas. El crítico cinematográfico Emilio García Riera (1931-2002) opinó que “El automóvil gris” fue en realidad la película más importante dentro de la historia del cine mudo mexicano. Dividida en 12 episodios, na­rraba las aventuras de una banda de delincuentes que operaba en la ciudad de México con la ayuda de un automóvil gris. Esa banda existió en la realidad y, según parece, su actuación tuvo impli­caciones políticas. Tras el éxito de 1919, cuando surgió el cine sonoro -hacia 1927/28- se sonorizó el film, pero ello no añadió nuevos atractivos a la película, que por el contrario, dismi­nuyó con el sonido sus valores dramáti­cos. Casi 90 años después “El auto­móvil gris” conserva todo su sabor y su frescura originales como una paradójica prueba del nacimiento y primer desarrollo del cine mexicano y latinoamericano.

En Brasil, como cita el historiador y crítico cinematográfico francés Georges Sadoul (1904-1967), el cine tuvo un interesante desarrollo y ya en 1900 se registraron sus primeras manifestacio­nes. En este enorme país se habían formado diversos centros de producción, no sólo en Río de Janeiro y San Pablo, sino también en Recife, Belo Horizon­te, Porto Alegre, Bahía y en diversas ciudades de los Estados de Minas Geraes y Río Grande do Sul.

Hacia 1913, Francisco Santos pro­dujo el primer largometraje de impor­tancia: “El crimen de Banhaos”, donde se reconstruía un episodio policial ocu­rrido en la ciudad de Pelotas, por entonces un importante mercado de gana­do. En San Pablo, el emprendedor Francisco Serrador había fundado, ha­cia 1910, ciento cincuenta salas. Pero los pioneros del cine brasileño fueron realizadores como Antonio Leal, con “Primera actualidad” (1903), Vittorio Capellaro, con “O guaraní” (1916), José Medina, con “El castigo de Dios” (1919) y sobre todo el actor y director Luis de Barros, con “Muerto en vida” (1915), entre algu­nos títulos memorables.

El poder de Hollywood, tras el embate inicial de los europeos, llegó a su apogeo entre las dos guerras, influyendo directamen­te sobre las cinematografías latinoame­ricanas, que, sin embargo, siguieron su camino, paralelo al de sus pueblos.

El cine llegó muy joven a la Argen­tina. El 28 de julio de 1896 se realizó la primera exhibición de películas en el Teatro Odeón, con amplia repercusión popular. Ya en 1894 se había intro­ducido el Kinetoscopio de Thomas A. Edison (1847-1931), apa­rato que sólo permitía la visión indi­vidual por un ocular, por lo que, a no mucho andar fue transferido a los par­ques de diversiones.

Llegaron después los días del fran­cés Eugenio Py (1859-1924), técnico de la casa Lepage, Eugenio Cardini (1880-1962) y otros ade­lantados de las cámaras. Hasta que el 24 de mayo de 1908 se estrenó “El fusilamiento de Dorrego”, la primera pelí­cula argumental, interpretada por figu­ras destacadas del teatro nacional co­mo Roberto Casaux, Salvador Rosich y Eliseo Gutiérrez. Con ese film inició su trabajo como director Mario Gallo (1878-1945), llegado al país como integrante de una compañía líri­ca italiana. Otros títulos acicatearon el interés y la voluntad del nuevo realiza­dor que agregó a su filmografía “Camila O’Gorman” (1909), “La revolución de Mayo” (1910) y “Juan Moreira” (1913) entre otras.

Otro gran pionero llegado en 1910 fue Federico Valle que inició su actividad fílmica con el Film “Revista Valle”, un noticiero semanal que durante 10 años cubrió con agilidad y sentido vivo los hechos del periodismo cinematográ­fico. Ya en 1912 se consigna la funda­ción de la Sociedad General Cinemato­gráfica, por Julián de Ajuria, ex socio de Mario Gallo. Se impone con ella el sistema, utilizado ahora, de alquiler de copias, en lugar de su venta. Se intensi­ficó al mismo tiempo la distribución de películas extranjeras y aparecieron nuevas distribuidoras. En 1914 se fundó la compañía Pampa Film, que produjo varias pelí­culas. El mismo año Enrique García Velloso -un hombre de teatro- filmó una versión de “Amalia”, la novela de José Mármol (1818-1871).

El año 1915 marcó un hecho trascendente para el cine argen­tino: la realización y estreno de “Nobleza gaucha”, de Eduardo Martínez de la Pera y Ernesto Gunche, con argu­mento de Humberto Cairo, pulido por José González Castillo, quien suprimió algunos desajustes de la narración e ingenuas leyendas explicativas, reem­plazándolas por pasajes del Martín Fierro que coincidían con las situaciones. El éxito de “Nobleza gaucha” fue extraordi­nario y su costo de $20.000.- se cubrió con una cifra ex­cepcional para la época: $ 600.000.- Los actores Orfilia Rico, Celestino Petray, Julio Escarcela, María Padín y Arturo Mario, serían recordados por esa película, tanto como por sus per­formances teatrales.

1915 fue también el año de la primera película de José A. Ferreyra (1889-1943), titulada en un principio “Las aventu­ras de Tito”, aunque después cambió por “Una noche de garufa” -como el tango de Eduardo Arolas (1892-1924)- y el joven realizador la estrenó con muchas dificultades en el cine Colón, manteniéndose en cartel con una exhibición sólo un día. El público no rechazaba desde el va­mos a Ferreyra, pero ya existían los problemas con los exhibidores, salvo excepciones. “Ferreyra fue el primer hombre netamente de cine en el país” señala Estela Dos Santos en su libro de 1972, “El cine nacional”. Quienes lo antecedieron trataron de hacer películas sobre los moldes que proporcionaba el teatro. Aunque él también tuvo una educación teatral, supo unir sus aficiones de pin­tor, músico, escenógrafo y fotógrafo, además de una nunca abandonada bohemia, a su intuición natural para el cine.

Al revés de otros, que pretendían emu­lar a los films extranjeros, si no en los temas por lo menos en el estilo y la técnica, buscó ser original, siendo él mismo. Tras sus inicios, filmó otras dos películas en 1916 de las que no se sabe prácticamente nada, para nuestro perjuicio. Recién en 1917, con “El tango de la muerte” -a la que él se empecinó en considerar su primera película- Ferreyra orientó su camino hacia un futuro abundante en títulos y éxitos. Mientras Europa resolvía sus problemas guerreros y los Estados Uni­dos intentaban el patronazgo mundial del cine, en la Argentina surgía algo auténtico, que el tiempo confir­maría.

Para el final de la Primera Guerra Mundial, Latinoamérica desarrollaba su acción fílmica en dos centros ubicados en sus extremos geográficos: México y Argenti­na. En el país azteca los productores se esforzaban por superar un artesanado simplista, con poco más de diez pelí­culas de largometraje, mientras el cine argentino mantenía su rumbo, aunque a los tropezones.

Filmar era una artesanía temeraria principalmente por el favor del público hacia los títulos extranjeros, en particu­lar los norteamericanos. La nota destacada nuevamente la marcó José A. Ferreyra con “Campo ajuera” y “De vuelta al pago” ambas en 1919, recibien­do los aplausos y las lágrimas de espectadores entusiastas que alentaron al director, a esas alturas ya un sinónimo de respeto para los exhibidores, que dejaron de escaparle. Estrenada “De vuelta al pago” -el 27 de noviembre de 1919- se abrió un panorama distinto, con un hálito fresco que levantó la moral de Ferrey­ra y por su intermedio, la del cine crio­llo. Nelo Cosimí, Lidia Liss y muchos otros actores y actrices afirmaron su po­pularidad en el cine como hasta entonces lo habían hecho en el teatro nacional.

Los días futuros tenían la palabra. Sin embargo, cuando comenzó la década del veinte, en Latinoamérica el cine languidecía. Los escasos medios económicos para el desarrollo de la producción y la entrega absoluta de las salas de exhibición a los films hollywoodenses, así lo determinaban. En México se constru­yeron nuevos estudios en 1921, pero resultaba prácticamente imposible soste­ner una competencia pareja con los poderosos ve­cinos del norte. Para la Argentina las co­sas no marchaban mucho mejor. El pio­nero Federico Valle, dedicado a los do­cumentales, logró un significativo éxito de público con “El toro salvaje de las pampas” (1921) dedicada al frustrado campeón de box Luis An­gel Firpo (1894-1960). Sin embargo el nombre respetado por todos seguía siendo el de José A. Ferreyra (1889-1943): en 1922 estrenó “La muchacha del arrabal”, con una temática tanguera muy propia del director. Lento y a los tumbos, el séptimo arte argentino y con él el latinoamericano, buscaban su destino, que por el momento era con­fuso e incierto.

 

Por: Diego Firmiano

 

 

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