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Saber vivir con los demás

Saber vivir con los demás
agosto 17
21:57 2014
Enrique Ipiña

Enrique Ipiña

Por. Enrique Ipiña

El aprendizaje que reúne a todos los demás aprendizajes es el que nos conduce a saber vivir con los otros; es decir, a con-vivir con los demás.

Tal como ha evolucionado la sociedad, una vida personal que pretendiera desarrollarse sin contar con los demás sería imposible. Todo lo que está a nuestro alrededor, todo lo que hacemos y sabemos es fruto del trabajo y de la múltiple actividad de otras personas que nos precedieron, o que viven a nuestro lado sin que apenas las conozcamos. Pero si vivimos y podemos crecer como personas, formar familias, tener hijos y educarlos; si podemos aspirar a ser felices superando las amenazas y los peligros que se ciernen a veces sobre nuestras cabezas; si podemos viajar y comunicarnos, si podemos ejercer nuestra libertad de pensamiento y de palabra, es gracias a los demás, a los otros, a la gran familia humana.

El ingente tesoro de la cultura, que nos permite ser y vivir como ciudadanos de un país y como personas libres y dignas, ha sido elaborado y mejorado innumerables veces a lo largo de los siglos, en todos los rincones del globo.

Por eso, desde un clavo hasta un teléfono inteligente, nada se hace en el mundo si no es a partir de los incalculables logros y conocimientos previos, aportados por innumerables personas que contribuyeron a su creación y desarrollo con la luz de su inteligencia y con la fuerza de su voluntad.

En realidad, somos hijos de la historia de todas las culturas, cuyos mejores frutos y hallazgos se han ido intercomunicando entre todas las naciones y pueblos de la tierra. De ahí que la pretensión de erigir una cultura como superior a las otras es pura ilusión cuando no una fraudulenta mentira; porque todas y cada una de las culturas vigentes son interdependientes y tributarias las unas de las otras. Por eso, estudiar y aprender filosofía, ciencias o letras, artes o deportes, es aprender a ser los herederos de la humanidad. Al entender esta verdad el ánimo debería exaltarse y llenarse de profundo orgullo y gratitud por ser miembros del género humano.

Al mismo tiempo, como herederos de los tesoros de la humanidad, lo somos también de sus carencias y falencias, de sus errores, y aun de sus graves crímenes y delitos. Nadie podría decir que en su cultura no se han cometido abusos e injusticias. Ni siquiera el idealizado imperio incaico podría ser excluido de esta realidad, autor de los mitimaes, de la mita y de los sacrificios de inocentes niños abandonados en las gélidas alturas.

Todas esas consideraciones nos llevan a sentirnos solidarios de todo pueblo y de todo ser humano. “Homo sum et nihil humanum a me alienum puto” (soy hombre y nada de lo humano me es ajeno), escribió Terencio, el poeta latino.

En realidad ningún ser humano es diferente de los demás; no es mejor ni peor que cualquiera de los otros gracias a su humana naturaleza, por la cual todos somos iguales. En esta fraternidad natural encuentran su fundamento los Derechos Humanos, contra los cuales no puede aceptarse la validez de leyes ni de costumbres en ningún país del mundo. Y eso es la civilización contemporánea, que se construye con infinita perseverancia cada día, por encima de las miserias y las flaquezas de la Humanidad.

Pues bien, para vivir en esa civilización de la fraternidad universal y del respeto a los derechos de todos, es necesario educarse; es necesario aprender a convivir con todos los demás en respeto mutuo, en tolerancia de las diferencias, en amor por los pobres y necesitados. Es necesario aprender a compartir con todos y entre todos, participando con ellos de los bienes de este mundo y preparando siempre, con esperanza e ilusión, un mundo mejor para nuestros hijos.

Porque nada de eso se conseguirá por herencia, como si se tratara de un bien cultural. Cada generación y cada ser humano, hombre o mujer, deben luchar por su libertad como lo hicieron las primeras comunidades; deben esforzarse por alcanzarla y consolidarla venciendo la soberbia de los abusivos propios y extraños: su egoísmo, su estrechez de miras y su intolerancia.

En el caso de nuestro país las condiciones están dadas. Tenemos una abundante y rica legislación; tenemos el ejemplo de muchos bolivianos y bolivianas ilustres que supieron dar hasta la vida por el futuro de su patria. Pero nada de eso sería suficiente si todos y cada uno de nosotros no luchara cada día por ser mejor, superando los vicios y las tendencias perniciosas de nuestra sociedad y así alcanzar las metas que como pueblo, nación y cultura nos hemos propuesto.

Un país verdaderamente civilizado no nos lo regalará nadie. Ni siquiera el mejor gobierno de la historia del mundo. Eso lo tendremos que lograr todos y cada uno de nosotros, solidariamente unidos y pese a las dificultades, recordando que todo es posible para el pueblo que sabe proponérselo.

Yo sí tengo la certeza de que podemos lograrlo y lo haremos. Y Usted, ¿comparte estas convicciones y actúa en consecuencia con ellas?

@EnriqueIpia

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